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Cuando nos alejamos de la naturaleza, también nos alejamos de nosotros mismos

  • hace 2 días
  • 3 min de lectura


Vivimos cada vez más separados de la naturaleza.


No solo porque pasemos menos tiempo en un bosque, junto a un río o caminando por una montaña. La desconexión es mucho más profunda. Hemos construido una forma de vida que, poco a poco, nos ha ido alejando de los ritmos, los espacios y las referencias que durante miles de años han formado parte de nuestra propia naturaleza.


Y cuando nos alejamos de ella, también empezamos a alejarnos de nosotros mismos.


No hablo de la naturaleza desde una visión romántica ni idealizada. No hace falta convertirla en algo místico para reconocer lo que puede provocar en nosotros.


Basta con observar qué sucede cuando permanecemos un rato en silencio frente a un paisaje, caminamos entre árboles, contemplamos el cielo o simplemente sentimos el aire sobre el cuerpo.


Algo cambia.


La naturaleza tiene la capacidad de conectarnos con nuestra propia naturaleza. De recordarnos quiénes somos debajo del ruido, las obligaciones, las preocupaciones y todas las capas que vamos acumulando.


También nos recuerda la belleza.


Una belleza que no necesita ser fabricada, explicada ni mejorada. Está ahí.


Y quizá una de las razones por las que nos afecta de una manera tan profunda es porque esa belleza exterior también despierta el recuerdo de algo que existe dentro de nosotros.



Cuando dejamos de verla durante demasiado tiempo, cuando nuestra vida transcurre únicamente entre paredes, asfalto, vehículos, pantallas y estímulos constantes, es como si poco a poco fuéramos perdiendo nuestras raíces. Como si nos hubieran podado una parte de ellas.


Seguimos viviendo, trabajando, haciendo cosas, relacionándonos… pero algo queda separado.


Para mí, la ciudad representa en gran medida ese movimiento contrario. Las ciudades están hechas para alejarnos de nuestro verdadero ser.


No entro aquí en si esto sucede consciente o inconscientemente. No es lo importante. Lo importante es observar qué tipo de ser humano favorece ese entorno: alguien permanentemente estimulado, ocupado, acelerado, rodeado de ruido, información, luz artificial y necesidades creadas constantemente desde fuera.


Mientras tanto, cada vez queda menos espacio para escuchar. Menos silencio. Menos oscuridad. Menos contacto con los ciclos naturales. Menos oportunidades de recordar.


Y nuestro organismo también paga esa desconexión.


La naturaleza no vive al mismo ritmo durante todo el día. La luz cambia, la temperatura cambia, la actividad cambia. El día conduce hacia la noche y la noche prepara de nuevo el día. Y nuestro cuerpo forma parte de esos mismos ciclos.


Sin embargo, podemos llegar a las doce de la noche con todas las luces encendidas, mirando una pantalla y manteniendo nuestro organismo dentro de un ambiente que continúa diciéndole que todavía debe permanecer activo.


Alteramos continuamente las señales naturales que organizan nuestros ritmos circadianos. Y eso no es algo menor.


La luz, la oscuridad, los horarios, el sueño y los ciclos de actividad y descanso están profundamente relacionados con nuestro sistema nervioso, nuestro metabolismo y muchos otros procesos del organismo.


Pero incluso más allá de la fisiología, existe otra pérdida quizá más difícil de medir. Perdemos el ritmo interior.


La naturaleza no nos pide constantemente que seamos otra cosa. Un árbol no pretende llegar antes. Una montaña no necesita demostrar nada. El invierno no intenta convertirse inmediatamente en primavera.


Cuando permanecemos cerca de esos ritmos, algo dentro de nosotros empieza también a recolocarse. El corazón puede volver a respirar dentro de una belleza que reconoce. Y quizá entonces empezamos a recordar que nosotros tampoco estamos separados de aquello que contemplamos. No somos espectadores de la naturaleza. Somos naturaleza.


Por eso volver a ella no significa simplemente escapar unas horas de la ciudad o hacer una excursión durante el fin de semana. Puede significar recuperar una parte de nosotros que hemos dejado olvidada. Volver a sentir el cuerpo. Volver a mirar. Volver a escuchar. Volver a respetar la luz y la oscuridad. Volver a percibir los ritmos.


Y, poco a poco, recordar quiénes somos antes de todo aquello que hemos construido alrededor.

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