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No todo lo que pensamos nos pertenece

27 ago
6 min de lectura


Solemos creer que nuestros pensamientos son algo completamente personal, que nacen de nosotros y que expresan lo que realmente somos.


Sin embargo, cuando empezamos a observar nuestra mente con un poco más de atención, descubrimos que muchas de las ideas con las que vivimos no las hemos elegido conscientemente.


Desde pequeños recibimos mensajes sobre cómo debemos comportarnos, qué significa tener éxito, qué está bien y qué está mal, qué podemos esperar de la vida o qué clase de persona deberíamos llegar a ser. Algunos proceden de nuestra familia; otros, de la escuela, la religión, los amigos, la cultura, los medios de comunicación o la sociedad en la que hemos crecido.


Estas ideas van entrando en nosotros en una época en la que todavía no tenemos la madurez necesaria para cuestionarlas. Cuando tenemos ocho, doce o quince años no solemos detenernos a comprobar si aquello que nos dicen es coherente, si responde a la realidad o si tendrá sentido para nosotros cuando seamos adultos. Simplemente lo recibimos y, de una forma más o menos profunda, lo incorporamos.


Con el paso del tiempo, todas esas voces se van mezclando con la nuestra hasta que dejamos de distinguirlas. Lo que pensaba nuestro padre, lo que temía nuestra madre, lo que decía un maestro o lo que nuestros amigos consideraban aceptable empieza a formar parte de nuestra manera de interpretar la vida.


Podemos llegar a pensar que no somos suficientemente buenos, que debemos agradar a los demás, que equivocarse es fracasar, que descansar es perder el tiempo, que tenemos que controlarlo todo o que nuestra vida debería seguir un camino determinado. Repetimos estas ideas tantas veces que terminan pareciéndonos verdades. Ya no las reconocemos como algo aprendido, sino como nuestra propia manera de pensar.


Pero que un pensamiento aparezca dentro de nosotros no significa necesariamente que nazca de lo más profundo de nosotros. Puede estar en nuestra mente y, sin embargo, no expresar lo que realmente sentimos, lo que hoy comprendemos ni lo que somos.


Creemos conocernos, pero conocemos nuestros condicionamientos


Una de las mayores dificultades del conocimiento interior es que lo primero que creemos ser es precisamente todo ese amasijo de pensamientos, creencias, miedos, recuerdos y condicionamientos que hemos ido acumulando.


Decimos: “yo soy así”, “yo pienso de esta manera”, “esto es lo que quiero” o “esto es lo mejor para mí”, sin habernos preguntado antes de dónde proceden esas afirmaciones. Construimos una imagen de nosotros mismos a partir de todo ese material y acabamos confundiéndola con nuestra identidad.


Por eso, en realidad, muchas veces no nos conocemos. Conocemos el personaje que hemos aprendido a representar. Conocemos nuestras defensas, nuestras costumbres, nuestras reacciones automáticas y las ideas que llevamos años repitiendo. Pero todo eso no tiene por qué expresar quiénes somos realmente.


También nuestras experiencias pueden habernos dejado conclusiones que continúan actuando mucho después de que la situación haya terminado: “no puedo confiar”, “si muestro lo que siento me harán daño”, “tengo que ser fuerte”, “debo controlarlo todo para estar seguro” o “es mejor no destacar”.


Quizá esas respuestas tuvieron sentido en algún momento. Tal vez nos ayudaron a protegernos o a adaptarnos a nuestro entorno. Pero una respuesta creada durante la infancia o la adolescencia puede continuar gobernando nuestra vida adulta aunque ya no responda a nuestra realidad actual.


Seguimos reaccionando desde aquel lugar sin darnos cuenta de que ya no tenemos ocho, doce ni quince años. Somos adultos y podemos volver a mirar todo aquello desde una conciencia, una comprensión y una madurez diferentes.


Una vida decidida desde ideas que no son nuestras


Cuando no somos conscientes de estos condicionamientos, elegimos desde ellos. Decidimos qué estudiar, qué trabajo aceptar, cómo relacionarnos, qué debemos soportar, qué podemos desear e incluso qué tipo de vida consideramos posible para nosotros.


Creemos que estamos eligiendo libremente, pero muchas de esas decisiones están dirigidas por expectativas, miedos e ideas que otras personas depositaron en nosotros.


Por eso hay personas que, después de muchos años, llegan a preguntarse: “¿Cómo he terminado viviendo esta vida?”. Exteriormente pueden haber cumplido con todo lo que se esperaba de ellas y, sin embargo, sentir que algo no encaja. Han construido una vida que quizá respondía a los deseos de sus padres, a las exigencias de su entorno o al modelo de éxito de la sociedad, pero no a lo que ellas sentían profundamente.


No siempre es fácil reconocerlo. Descubrir que una parte de nuestra vida ha sido dirigida por ideas ajenas puede resultar doloroso. Pero también puede convertirse en el comienzo de algo nuevo. No porque tengamos que rechazar de golpe todo lo vivido, sino porque empezamos a comprender desde dónde hemos estado viviendo.


El problema no es haber recibido influencias. Todos crecemos dentro de una familia, una cultura y una época determinadas. Es inevitable que nos influyan. El problema aparece cuando vivimos sometidos a esas influencias sin saber que existen, creyendo que somos libres cuando nuestras decisiones continúan naciendo de respuestas aprendidas.


Cuestionar no significa rechazarlo todo


El trabajo interior comienza cuando somos capaces de crear un pequeño espacio entre nosotros y aquello que aparece en nuestra mente. Un espacio desde el que podamos observar y cuestionar.


¿Esto que pienso tiene sentido para mí hoy? ¿Es coherente con lo que siento y comprendo? ¿Responde a algo real o es simplemente una conclusión que llevo años repitiendo? ¿Me ayuda a vivir con mayor claridad o mantiene un miedo, una culpa o una limitación? ¿Nace de mí o fue impuesto por mi entorno?


No se trata de negar automáticamente todo lo que hemos recibido. Algunas enseñanzas pueden seguir teniendo valor. Otras quizá necesiten ser comprendidas de otra manera y algunas ya no tendrán ningún sentido para nosotros.


Se trata de sopesar cada cosa, de comprobarla desde nuestra propia experiencia y de decidir conscientemente si queremos mantenerla. Un pensamiento no es verdadero solo porque lleve muchos años dentro de nosotros.


Cuando una respuesta aparece de manera inmediata y automática, es importante detenernos a observarla. En muchos casos, esa rapidez nos indica que no estamos respondiendo desde el presente, sino desde una programación anterior. Antes de que podamos mirar lo que sucede, la creencia ya ha interpretado la situación y ha decidido cómo debemos sentirnos o actuar.


La conciencia introduce una pausa en ese automatismo. Nos permite mirar el pensamiento sin obedecerlo inmediatamente. Y en esa pausa comienza a aparecer una posibilidad que antes no existía: la de responder de una manera diferente.


La libertad empieza mostrándonos nuestras cadenas



A veces imaginamos la libertad como una primera bocanada de aire fresco: de pronto nos sentimos libres y todo aquello que nos limitaba desaparece. Pero la libertad interior no suele comenzar así.


Su primer movimiento consiste en mostrarnos nuestras cadenas.


Empezamos a ver los pensamientos que nos condicionan, las creencias que reducen nuestra vida, las fidelidades invisibles que mantenemos hacia nuestra familia, las decisiones que tomamos para agradar o evitar el rechazo y todas aquellas ideas que llevamos encima sin haberlas elegido.


Al principio, ser más conscientes puede hacer que veamos con mayor claridad hasta qué punto no somos libres. Pero ese descubrimiento no es un fracaso. Es el comienzo de la liberación. No podemos soltar aquello que todavía no vemos.


En este sentido, el proceso se parece a la reeducación postural. Cuando una persona empieza a tomar conciencia de su cuerpo, puede descubrir tensiones, bloqueos y desalineaciones que llevaba años sosteniendo sin darse cuenta. La primera reacción podría ser pensar que ahora está peor, porque percibe muchas más cosas. Sin embargo, esas tensiones ya estaban ahí. Lo nuevo es que comienza a sentirlas y, al sentirlas, puede empezar a liberarlas.


Con nuestros pensamientos y condicionamientos sucede algo parecido. La conciencia nos permite reconocer todo lo que llevamos cargando. Poco a poco podemos dejar de alimentarlo, soltarlo y crear espacio.


Dejar espacio para que aparezca lo que somos


Cuando reconocemos una creencia que no nos pertenece y dejamos de vivir sometidos a ella, no necesitamos fabricar inmediatamente otra identidad que la sustituya. Al ir retirando lo aprendido, lo impuesto y lo automático, comienza a quedar espacio para que aparezca algo más verdadero.


Empezamos a descubrir qué sentimos realmente, qué pensamos sobre cada cosa cuando no repetimos la opinión de otros, qué deseamos y qué forma de vivir tiene sentido para nosotros. No desde la reacción de un niño que necesita aprobación o protección, sino desde la mirada más amplia y madura de la persona que somos hoy.


Este proceso no ocurre de una sola vez. Es una observación constante, una forma de estar atentos a lo que sucede dentro de nosotros. Cada vez que nos cuestionamos con sinceridad, cada vez que reconocemos una voz heredada y cada vez que dejamos de actuar automáticamente, recuperamos una pequeña parte de nuestra libertad.


Más que construirnos de nuevo, se trata de ir retirando aquello que impide que podamos expresarnos. De la misma forma que al liberar una tensión el cuerpo recupera parte de su movimiento natural, al liberar un condicionamiento también recuperamos algo de nuestra naturaleza.


Quizá conocernos no consista en añadir más definiciones sobre quiénes somos, sino en desprendernos de todo aquello con lo que nos habíamos confundido.


La libertad interior no empieza cuando podemos hacer todo lo que queremos. Empieza cuando somos capaces de ver qué está decidiendo dentro de nosotros. Y, a medida que reconocemos y soltamos aquello que no nos pertenece, vamos dejando espacio para descubrir, quizá por primera vez, quiénes somos realmente.

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