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La conciencia no está sólo en la mente

  • hace 3 días
  • 3 min de lectura


Conocernos no consiste únicamente en pensar sobre nosotros mismos. La conciencia abarca la totalidad de lo que somos y puede manifestarse a través del cuerpo, la mente, las emociones, la energía y nuestra dimensión espiritual.


Cuando hablamos de conciencia, muchas veces la relacionamos casi exclusivamente con la mente. Pensamos que ser conscientes de nosotros mismos consiste en observar nuestros pensamientos, analizar nuestra conducta o comprender intelectualmente por qué actuamos de una determinada manera.


Esta observación mental puede ser necesaria y valiosa. A veces necesitamos reconocer un patrón, traer a la luz una creencia o comprender una reacción que repetimos sin darnos cuenta. Mientras algo permanece oculto, difícilmente podemos relacionarnos con ello de otra manera.


Pero comprender mentalmente que un patrón existe no significa necesariamente haberlo transformado.


Podemos conocer perfectamente el origen de una reacción y, sin embargo, continuar respondiendo de la misma forma. Podemos explicar nuestras heridas, reconocer nuestros miedos y analizar nuestros comportamientos sin que ese conocimiento llegue realmente a modificar nuestra manera de vivir.


La mente analítica puede ayudarnos a ver una parte de nosotros, pero la conciencia es mucho más amplia que aquello que somos capaces de pensar o explicar.



No somos únicamente una mente que observa el resto de nuestra experiencia. Somos una totalidad en la que cuerpo, pensamientos, emociones, energía y dimensión espiritual se encuentran profundamente relacionados. Por eso, la conciencia también puede expresarse de distintas maneras.


Existe una conciencia corporal que nos permite sentir el cuerpo desde dentro, reconocer una tensión, percibir nuestra postura o advertir cómo cambia la respiración ante una situación determinada.


Existe una conciencia emocional que nos ayuda a reconocer lo que sentimos, incluso antes de poder ponerle un nombre o encontrar una explicación.


Existe una conciencia mental desde la que podemos observar nuestros pensamientos, creencias y patrones, en lugar de identificarnos completamente con ellos.


También existe una conciencia energética, mediante la cual podemos comenzar a percibir nuestro estado interno, nuestra vitalidad, los bloqueos o la forma en que la energía circula y se transforma en nosotros.


Y existe una conciencia espiritual que nos acerca a una dimensión más profunda de nuestro ser, más allá de la identidad con la que habitualmente nos definimos.


No se trata de conciencias independientes ni de compartimentos separados. Son diferentes formas en las que una misma conciencia se manifiesta a través de la totalidad que somos.


Un pensamiento puede modificar nuestra respiración. Una emoción puede expresarse como tensión corporal. Un cambio en el cuerpo puede transformar nuestro estado interno. Del mismo modo, al trabajar con la respiración, el movimiento o la energía, podemos acceder a aspectos de nosotros mismos a los que no siempre llegamos mediante el análisis.


Esto es algo que podemos experimentar a través del Qigong/Chikung. Al movernos lentamente y prestar atención al cuerpo, comenzamos desarrollando una percepción corporal: sentimos el apoyo, la respiración, las tensiones y la continuidad del movimiento.


Sin embargo, si permanecemos presentes, esa escucha puede conducirnos más allá de lo puramente físico. Podemos descubrir una emoción contenida, una necesidad de control, una resistencia o una forma de reaccionar que también aparece en otros ámbitos de nuestra vida.


La conciencia corporal se convierte así en una puerta hacia una conciencia más profunda. No porque el cuerpo y el espíritu sean dos realidades separadas entre las que debamos construir un puente, sino porque ambos forman parte de una misma unidad.


Por eso, conocernos no consiste solamente en pensar sobre nosotros mismos. Pensarnos puede aportarnos información, pero la conciencia necesita ser vivida. Necesita entrar en el cuerpo, en la emoción, en la respiración y en nuestra forma de estar presentes.


La mente puede reconocer un patrón y ayudarnos a traerlo a la luz. Ese reconocimiento es importante, pero después la comprensión necesita alcanzar otras dimensiones de nosotros. De lo contrario, corremos el riesgo de saber muchas cosas acerca de nosotros mismos sin que ese conocimiento transforme verdaderamente nuestra vida.


Desarrollar la conciencia supone comenzar a observarnos desde un espacio más amplio. No solo preguntarnos qué pensamos, sino también qué sentimos, qué expresa el cuerpo, cómo se encuentra nuestra energía y desde qué lugar interior estamos viviendo.


A medida que esa conciencia se amplía, dejamos de identificarnos completamente con cada pensamiento, emoción o reacción. Comenzamos a reconocerlos como partes de nuestra experiencia, pero no como la totalidad de lo que somos.


Quizá el crecimiento interior empiece precisamente ahí: cuando dejamos de intentar conocernos únicamente desde la mente y comenzamos a escucharnos con todo nuestro ser.


Porque la conciencia no habita en una sola parte de nosotros. Nos engloba por entero. Y cuanto más profundamente aprendemos a estar presentes en cada una de nuestras dimensiones, más cerca nos encontramos de reconocer la unidad que existe entre ellas, y por lo tanto, de la "Unidad" que somos.

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