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Cuidar el cuerpo no es rendirle culto

8 oct
4 min de lectura


Vivimos en una sociedad que aparentemente da una enorme importancia al cuerpo. Se habla de cuidarlo, entrenarlo, alimentarlo correctamente y mantenerlo joven.


Sin embargo, en muchas ocasiones no se está valorando el cuerpo real, sino una imagen idealizada a la que se supone que todos deberíamos parecernos.


Al hombre se le exige estar musculado, definido, depilado, perfumado y transmitir una determinada imagen de fuerza y seguridad. A la mujer se le pide estar delgada, tener un pecho y unas formas concretas, una piel perfecta y una apariencia que parezca no envejecer nunca.


Todo aquello que se aleja de esos modelos comienza a considerarse insuficiente, poco atractivo o incluso defectuoso. Por eso, el culto al cuerpo no nace verdaderamente del aprecio hacia él. Nace muchas veces del rechazo. No valoro el cuerpo que tengo, sino que intento transformarlo para que se parezca al cuerpo que me han dicho que debería tener.


El cuerpo convertido en un producto


Desde muy pequeños vamos recibiendo imágenes que nos enseñan qué cuerpos son deseables y cuáles parecen no serlo. La publicidad, las redes sociales, el cine y determinados modelos de éxito repiten continuamente una misma idea: si nuestro cuerpo cumple ciertos cánones, seremos más atractivos, más aceptados y, en definitiva, más valiosos.


El cuerpo deja así de ser algo propio para convertirse en un producto que debemos mejorar y presentar ante los demás.


Comenzamos a mirarnos desde fuera. Nos examinamos, nos comparamos y buscamos constantemente aquello que deberíamos corregir. Siempre falta algo o sobra algo: más músculo, menos grasa, más pecho, menos arrugas, una piel diferente, otra forma de vestir o una apariencia más joven.


La industria que rodea al culto al cuerpo necesita precisamente esa insatisfacción. Primero nos convence de que existe algo equivocado en nosotros y después nos ofrece los medios para corregirlo.


No significa que entrenar, utilizar cosméticos, arreglarse o querer mejorar nuestro aspecto tenga algo de malo. El problema aparece cuando todo eso nace de la incapacidad de aceptar el cuerpo que tenemos y de la necesidad de ajustarlo a una mirada exterior. Entonces ya no estamos cuidando el cuerpo. Estamos luchando contra él.


Cuando nuestro valor depende de la apariencia


El culto al cuerpo no afecta solamente a nuestra imagen. También va construyendo la idea de que nuestro valor personal depende de cómo nos vemos y de cómo nos ven los demás.


Si nuestro cuerpo se acerca al modelo establecido, podemos sentirnos superiores, deseados o reconocidos. Si se aleja, podemos sentir vergüenza, inferioridad o rechazo hacia nosotros mismos.


Pero incluso quien consigue alcanzar ese ideal queda atrapado en él. Tiene que conservarlo, demostrarlo y protegerlo continuamente. Aparece el miedo a engordar, a perder musculatura, a envejecer o a dejar de recibir la aprobación que sostenía esa imagen.


El cuerpo cambia inevitablemente. Envejece, atraviesa diferentes etapas y puede verse afectado por accidentes, enfermedades o circunstancias que no podemos controlar. Si hemos construido nuestro valor sobre su apariencia, cualquier cambio puede convertirse en una amenaza contra nuestra propia identidad.


Una persona no vale más por tener un cuerpo musculado, delgado o adaptado al canon de belleza del momento. Tampoco vale menos porque su cuerpo no responda a ese modelo. Sin embargo, vivimos rodeados de mensajes que nos hacen sentir exactamente lo contrario. No es extraño que tantas personas sufran, se rechacen o lleguen a sentirse profundamente deprimidas porque creen que su cuerpo no está a la altura de lo que se espera de ellas.


Cuidado y culto no son lo mismo



Cuidar el cuerpo y rendirle culto pueden parecerse exteriormente, pero nacen de lugares completamente distintos. El cuidado parte de la aceptación. Reconozco el cuerpo que tengo, atiendo sus necesidades y procuro mantenerlo sano, fuerte y equilibrado. El culto parte del rechazo. Miro mi cuerpo buscando todo lo que debería cambiar para poder sentirme aceptado.


El cuidado pregunta: «¿Qué necesitas?». El culto pregunta: «¿Qué te falta para gustar?».


El cuidado respeta los límites y los procesos del cuerpo. El culto lo somete a exigencias, comparaciones y castigos. El cuidado permite disfrutar de la belleza sin convertirla en una obligación. El culto transforma la belleza en una condición para sentir que merecemos amor, respeto o reconocimiento. Ahí se encuentra la diferencia fundamental.


Podemos entrenar y cuidar nuestra apariencia sin estar obsesionados con ella. Podemos querer sentirnos atractivos sin convertir el atractivo en la medida de nuestro valor. Podemos disfrutar del cuerpo sin hacer de él un escaparate desde el que intentamos demostrar quiénes somos.


Recuperar el cuerpo real


El culto al cuerpo parece darle importancia, pero en realidad deforma su significado. Sustituye el cuerpo real por una imagen artificial y nos obliga a perseguirla constantemente.


En lugar de acercarnos a nosotros mismos, nos aleja. En lugar de ayudarnos a aceptar lo que somos, fortalece un personaje construido para obtener aprobación. Y cuanto más dependemos de esa imagen, más desconectados podemos quedar de nuestro verdadero ser.


El cuerpo merece atención, respeto y cuidado, pero no puede convertirse en la medida de nuestra identidad ni de nuestro valor.


No somos mejores por tener un cuerpo que los demás admiren, ni somos menos por no responder a los cánones que alguien ha decidido imponer.


Quizá cuidar realmente el cuerpo comience cuando dejamos de preguntarnos si cumple con lo que el mundo espera y empezamos a reconocerlo, aceptarlo y respetarlo como verdaderamente es.

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