Moverse sin escucharse: cuando el ejercicio nos aleja del cuerpo

Vivimos en una sociedad que nos anima a hacer ejercicio.
Se nos dice que debemos movernos, fortalecer los músculos y evitar el sedentarismo. Pero pocas veces nos preguntamos cómo nos movemos y qué relación mantenemos con el cuerpo mientras lo hacemos.
Podemos pasar una hora en un gimnasio levantando pesos o utilizando máquinas mientras pensamos en lo que haremos después, repasamos una conversación o damos vueltas a nuestros problemas. El cuerpo está haciendo ejercicio, pero nosotros no estamos realmente presentes en él.
Cuando esto sucede, tratamos el cuerpo como una máquina que necesita ser puesta en funcionamiento y engrasada de vez en cuando. Le imponemos una rutina desde fuera, pero apenas escuchamos lo que está ocurriendo dentro.
No todo movimiento beneficia al cuerpo
Solemos pensar que cualquier actividad física es saludable por el simple hecho de implicar movimiento. Sin embargo, un ejercicio realizado de manera repetitiva, sin atención y sin escuchar las señales del cuerpo puede terminar siendo perjudicial.
Si no sentimos cómo colocamos las articulaciones, dónde aparece la tensión, cómo respiramos o cuándo el esfuerzo supera nuestra capacidad, podemos repetir durante mucho tiempo un movimiento que no nos está haciendo bien. Quizá el daño no aparezca inmediatamente, pero puede ir acumulándose hasta manifestarse como dolor, desgaste o lesión.
En cierto sentido, es como ingerir un alimento que creemos beneficioso pero que resulta tóxico para nuestro organismo. La intención es buena, pero eso no garantiza que el resultado también lo sea.
No se trata de rechazar el esfuerzo ni de criticar el gimnasio. El esfuerzo puede fortalecer y desarrollar el cuerpo. La cuestión es si somos capaces de sentir qué está ocurriendo mientras lo realizamos.
Sentir el cuerpo desde dentro

Moverse conscientemente no significa solamente prestar atención a la forma exterior del ejercicio. Significa sentir el cuerpo desde dentro mientras se mueve.
Si nos detenemos y llevamos la atención a un brazo, podemos reconocer su peso, un cosquilleo, calor, frío o alguna tensión. No necesitamos mirarlo ni tocarlo para saber que está ahí. Existe una sensación interna del cuerpo, aunque normalmente estemos muy desconectados de ella.
Al movernos, podemos sentir cómo trabajan los músculos, cómo se desplaza el peso, cómo se mueve una articulación, qué partes se tensan y cuáles permanecen libres. Dejamos de observar el cuerpo como un objeto exterior y empezamos a experimentar el movimiento desde dentro.
Esta conciencia no consiste en pensar continuamente en lo que estamos haciendo. Es una percepción directa. Nos permite distinguir entre el esfuerzo que fortalece y la tensión que daña, así como reconocer cuándo debemos ajustar el movimiento, reducir la intensidad o detenernos.
Sin embargo, sentir el cuerpo no siempre es suficiente. También necesitamos conocimiento.
Debemos saber cómo tienen que alinearse las articulaciones, cómo distribuir el peso y desde dónde debe nacer la fuerza. Podemos estar atentos y, aun así, realizar incorrectamente un ejercicio porque desconocemos cómo debe organizarse el cuerpo.
La conciencia nos permite sentir lo que sucede. El conocimiento nos ayuda a comprender cómo deben relacionarse las distintas partes para que el movimiento resulte beneficioso. Ambas cosas deben trabajar juntas.
La lentitud como raíz del movimiento
Cuando empezamos a desarrollar percepción corporal, la lentitud es fundamental. Si nos movemos demasiado rápido, la atención no puede reconocer las diferentes fases del gesto y vuelve fácilmente a dispersarse.
Moverse despacio permite sentir, observar y corregir. Podemos descubrir cómo comienza el movimiento, cómo se transmite la fuerza y dónde aparece una compensación innecesaria.
La lentitud no significa que el ejercicio sea menos efectivo. Muchos deportistas de élite practican primero los movimientos lentamente para perfeccionar la técnica. Sólo cuando el gesto está bien construido e integrado pueden realizarlo rápidamente sin perder precisión ni aumentar innecesariamente el riesgo de lesión.
Primero se construye el movimiento. Después se acelera.
La lentitud aporta la raíz y la realidad al movimiento. Cuando esa base ha sido integrada, es posible aumentar la velocidad y continuar presentes. Pero la conciencia dentro de la rapidez requiere aprendizaje y experiencia.
El cuerpo no es una máquina que debemos mantener en funcionamiento. Es el lugar desde el que vivimos y sentimos.
Podemos ejercitarnos, fortalecer los músculos y mejorar nuestras capacidades y, al mismo tiempo, continuar alejados del cuerpo. El movimiento se transforma realmente cuando empezamos a sentirlo desde dentro.
Antes de preguntarnos cuánto ejercicio hacemos, quizá deberíamos preguntarnos algo más importante:
¿Estamos realmente dentro de nuestro cuerpo mientras se mueve?


Maravilloso articulo, muy bien explicado y cierto que hemos de poner mucha mas atención a nuestros movimientos, para poder mantener el cuerpo saludable.
Cuánta sabiduría en este artículo. Un recordatorio de lo que somos y como serlo.Gracias