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La salud es el estado natural del cuerpo

10 sept
4 min de lectura


Estamos acostumbrados a hablar de salud y enfermedad como si fueran dos cosas opuestas.


Cuando no tenemos síntomas importantes decimos que estamos sanos. Cuando aparece un problema, un dolor, una inflamación, una alteración digestiva o cualquier otro proceso, decimos que estamos enfermos.


Pero para mí la realidad es bastante distinta. La salud es el estado natural del cuerpo.


El organismo tiende continuamente al equilibrio. Todo lo que hace está orientado, de una manera u otra, a mantener la vida, adaptarse, compensar, reparar y recuperar aquello que se ha alterado.


El cuerpo no está diseñado para enfermar. Está diseñado para estar en equilibrio.


Cuando aparece un desequilibrio, ese equilibrio puede empezar a romperse mucho antes de que nosotros seamos conscientes de ello.


Puede comenzar en un plano emocional, mental, energético o físico. Todo está relacionado. No somos un conjunto de partes separadas, sino un organismo completo en el que cualquier alteración acaba influyendo, de una manera u otra, en el conjunto.


Desde esta manera de entender al ser humano, aquello que habitualmente llamamos enfermedad no sería algo que aparece de repente y ataca al cuerpo desde fuera, sino la expresión de un desequilibrio que lleva un recorrido y ante el cual el organismo está intentando responder.


El cuerpo siempre busca recuperar el equilibrio


Una inflamación, una fiebre, una contractura, una digestión alterada, un cansancio profundo o cualquier otro síntoma no aparecen porque el cuerpo haya decidido funcionar mal. Aparecen porque algo está ocurriendo. El organismo está reaccionando. Está intentando compensar una situación, proteger una zona, eliminar algo, recuperar energía, detenernos, reorganizarse o llamar nuestra atención sobre aquello que ya no puede seguir sosteniendo de la misma manera.


Sin embargo, solemos interpretar el síntoma como el problema. Queremos que desaparezca. Queremos dejar de sentir dolor, dejar de estar cansados, dejar de tener inflamación, dejar de tener molestias digestivas. Y muchas veces nuestra atención termina completamente centrada en eliminar aquello que sentimos, sin preguntarnos qué está ocurriendo detrás.


Pero el síntoma no es necesariamente el origen del problema. Muchas veces es la consecuencia. Y también es información.


Antes del síntoma hay un proceso



Un desequilibrio importante rara vez comienza el mismo día en que finalmente lo sentimos. Hay un recorrido anterior. El cuerpo va compensando. Va adaptándose. Va utilizando sus recursos para mantener el funcionamiento. Y durante ese proceso pueden aparecer pequeñas señales que muchas veces no escuchamos: cambios en la energía, cansancio, alteraciones digestivas, dificultad para descansar, tensión corporal, cambios emocionales, respiración más corta, rigidez, sensación de pesadez, molestias que van y vienen.


Normalmente seguimos adelante. Nos acostumbramos. Pensamos que no tiene importancia. Incluso llegamos a considerar normales muchas de estas sensaciones porque las sentimos desde hace años o porque vemos que también les ocurren a muchas otras personas.


Pero el cuerpo continúa hablando. Y cuanto menos escuchamos las señales pequeñas, más fuerte tendrá que ser muchas veces la señal siguiente.


Escuchar antes de llegar al límite


Aquí aparece para mí una de las partes más importantes de la prevención.


Prevenir no consiste únicamente en hacernos revisiones o actuar cuando ya existe un problema importante. Prevenir también es desarrollar la capacidad de escucharnos. Saber cómo estamos. Percibir nuestros cambios. Reconocer cuándo algo empieza a dejar de funcionar como antes. Sentir cuándo estamos perdiendo energía, cuándo una zona empieza a acumular demasiada tensión, cuándo nuestra digestión cambia, cuándo dejamos de descansar bien o cuándo emocionalmente estamos sosteniendo durante demasiado tiempo una situación que nos está afectando.


Cuanto mayor es nuestra capacidad de escucha, antes podemos actuar. Y actuar antes no significa necesariamente hacer grandes cambios. A veces significa descansar, cambiar una alimentación, modificar un hábito, mover el cuerpo de otra manera, respirar con más profundidad, alejarnos de determinadas situaciones, escuchar una emoción que llevamos demasiado tiempo bloqueando, volver a tener contacto con la naturaleza, reducir un ritmo de vida que ya no podemos sostener.


Cada persona tendrá que descubrir dónde se encuentra su propio desequilibrio.


La salud no se recupera luchando contra el cuerpo


Existe una idea que para mí es fundamental: el cuerpo no es nuestro enemigo. Incluso cuando sentimos dolor, incluso cuando aparecen síntomas, incluso cuando estamos atravesando un proceso difícil, el organismo continúa intentando hacer su trabajo.


Por eso quizá nuestra relación con la salud debería cambiar. En lugar de preguntarnos continuamente cómo eliminar aquello que nos molesta, podríamos empezar a preguntarnos:


¿Qué está intentando decirme mi cuerpo? ¿Qué se ha desequilibrado? ¿Desde cuándo está ocurriendo? ¿Qué necesita de mí?


Aquí, prácticas como el Qigong, adquieren para mí un valor especialmente importante.

No solamente porque trabajamos el movimiento, la respiración o la energía, también porque aprendemos a sentir, a percibir, a estar dentro del cuerpo, a reconocer pequeños cambios, a observar cómo estamos antes de que sea necesario que el cuerpo tenga que hablar mucho más alto, volver a nuestro estado natural.


La salud no debería ser algo que buscamos únicamente cuando la hemos perdido. Es algo que podemos cuidar todos los días.


El cuerpo posee una tendencia natural hacia el equilibrio, pero nuestra forma de vivir puede favorecer ese equilibrio o alejarnos constantemente de él.


Por eso cuidar la salud implica también responsabilizarnos de nuestra manera de vivir, de lo que comemos, de cómo nos movemos, de cómo descansamos, de cómo respiramos, de cómo gestionamos nuestras emociones, de las relaciones que mantenemos, del entorno en el que vivimos, del ritmo que llevamos. Y también de nuestra capacidad para detenernos y escucharnos.


Para mí, la enfermedad no es lo contrario de la salud. Es la expresión de que algo se ha alejado de ese estado natural y de que el organismo está intentando encontrar nuevamente su equilibrio.


Quizá por eso la verdadera prevención empieza mucho antes. Empieza cuando dejamos de esperar a que el cuerpo tenga que gritarnos y comenzamos a escucharlo cuando todavía nos habla en voz baja.

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