Nos hemos acostumbrado a sentirnos regular

Hay muchas cosas que hemos acabado considerando normales simplemente porque son frecuentes.
Levantarse cansado. Tener siempre alguna molestia en la espalda. Sentirse rígido por las mañanas. Dormir mal. Tener digestiones pesadas, hinchazón o molestias después de comer. Vivir con tensión en el cuello o en los hombros. Necesitar varios cafés para arrancar. Llegar al final del día completamente agotado.
Como le pasa a mucha gente, pensamos: “Bueno, será normal.” Pero que algo sea habitual no significa necesariamente que sea normal. A veces confundimos lo frecuente con lo saludable.
Cuando una gran parte de la población vive con estrés, cansancio, falta de movimiento, mala alimentación, tensión corporal o poco descanso, es lógico que muchos de esos síntomas se repitan. Pero el hecho de que sean comunes no significa que debamos aceptarlos sin más como parte inevitable de la vida.
Y además sucede otra cosa: nos acostumbramos.
El cuerpo tiene una enorme capacidad de adaptación. Podemos convivir durante años con una tensión, una limitación, una sensación de cansancio o un sistema digestivo que constantemente nos da problemas, hasta que dejamos prácticamente de cuestionarlo. Terminamos pensando que es normal tener gases, hinchazón, pesadez o sentir que determinados alimentos siempre nos sientan mal simplemente porque llevamos mucho tiempo así.
Sólo nos damos cuenta de cuánto habíamos normalizado cuando algo cambia. Cuando después de mucho tiempo volvemos a dormir profundamente. Cuando desaparece una tensión que creíamos que “era nuestra”. Cuando recuperamos movilidad. Cuando podemos comer y hacer la digestión sin sentir pesadez o molestias. Cuando respiramos con más libertad. Cuando volvemos a sentir energía.
Entonces descubrimos que aquello que considerábamos normal quizá simplemente se había vuelto habitual.
Pero escuchar el cuerpo va bastante más allá de prestar atención a una molestia concreta. No se trata de vivir pendientes de cada sensación ni de interpretar cualquier pequeño cambio como un problema. Se trata de ir desarrollando una sensibilidad suficiente para reconocer cuándo algo se repite, cuándo una zona del cuerpo lleva tiempo llamando nuestra atención o cuándo nuestro estado general empieza a alejarse de ese equilibrio que antes teníamos.
Una molestia puntual puede no significar gran cosa. Pero cuando algo aparece una y otra vez, cuando una digestión pesada se convierte en algo cotidiano, cuando la tensión siempre vuelve al mismo lugar o cuando el cansancio empieza a formar parte permanente de nuestra vida, merece la pena preguntarnos qué está pasando.

Aprender a escuchar el cuerpo también es aprender a leer sus señales.
Muchos procesos de desequilibrio no aparecen de un día para otro. Se van construyendo con el tiempo, a veces de manera silenciosa y otras acompañados de pequeñas señales que hemos aprendido a ignorar o a normalizar. No significa que cada molestia vaya a terminar convirtiéndose en una enfermedad, pero sí que aquello que se mantiene o se repite merece atención.
Ahí la escucha corporal tiene un enorme valor preventivo. Nos permite detenernos antes, observar qué estamos haciendo, cómo estamos viviendo, cómo descansamos, cómo comemos, cómo respiramos, cómo nos movemos e incluso cómo estamos respondiendo emocionalmente a determinadas situaciones.
Porque el cuerpo no funciona por partes aisladas. Lo que ocurre en una zona puede estar relacionado con muchas otras cosas, y aprender a escucharnos significa también empezar a descubrir esas relaciones.
A veces un cambio relativamente pequeño realizado a tiempo puede evitar que un desequilibrio continúe profundizándose. Cuando esperamos hasta que el cuerpo ya no puede compensar igual, el cambio que necesitamos hacer puede ser mucho mayor.
Por eso prácticas como el Qigong, y en general cualquier trabajo que desarrolle la percepción interna, tienen también una dimensión preventiva importante. No solo porque movilicen el cuerpo o regulen la respiración, sino porque nos enseñan poco a poco a sentirnos y a reconocer cambios que antes pasaban desapercibidos.
Cuanto más conocemos nuestro cuerpo, más fácil resulta percibir cuándo algo empieza a desviarse de nuestro estado habitual de equilibrio.
Y quizá esa sea una parte de la salud a la que prestamos muy poca atención: no esperar a encontrarnos realmente mal para empezar a escucharnos.
Quizá una buena pregunta para hacernos de vez en cuando sea:
¿Cuántas cosas hemos aceptado como normales simplemente porque llevamos años viviéndolas… o porque vemos que también les ocurren a los demás?


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