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Estar bien no es simplemente dejar de sentir dolor

  • hace 4 días
  • 3 min de lectura


La salud no consiste únicamente en eliminar aquello que nos molesta, sino en escuchar las señales del cuerpo e implicarnos conscientemente en la recuperación de nuestro equilibrio.


Cuando aparece un dolor, una tensión o una enfermedad, es natural que deseemos que desaparezca cuanto antes. Buscamos una explicación, un tratamiento o alguna forma de recuperar la normalidad y continuar con nuestra vida.


Un tratamiento puede ofrecernos ayuda y proporcionarnos herramientas. El problema aparece cuando entregamos completamente nuestra salud en manos de otra persona y esperamos que algo externo elimine el síntoma mientras nosotros continuamos viviendo de la misma manera.


Desde esta posición, el cuerpo se convierte en algo que debe ser reparado y la curación en algo que otro tiene que hacer por nosotros. Pero, desde mi manera de entenderlo, nadie puede recorrer enteramente ese proceso en nuestro lugar. Podemos recibir orientación y acompañamiento, pero necesitamos implicarnos activamente en aquello que nos está ocurriendo.


El cuerpo no está separado de nuestra forma de vivir. Nuestra respiración, alimentación, descanso, movimiento, manera de afrontar las dificultades, creencias, emociones y tensiones cotidianas participan en el equilibrio o desequilibrio que experimentamos.


Por eso, cuando algo sucede en el cuerpo, no se trata únicamente de conseguir que desaparezca. También podemos preguntarnos qué nos está mostrando y qué relación guarda con nuestra manera de vivir.



Aquí es fundamental distinguir entre culpa y responsabilidad.


La culpa nos lleva a pensar que hemos hecho algo mal, que merecemos lo que nos sucede o que debemos castigarnos por ello. La responsabilidad no tiene nada que ver con eso. Responsabilizarnos significa reconocer que lo que está ocurriendo forma parte de nuestra experiencia y que necesitamos implicarnos plenamente en su comprensión y transformación.


Desde mi visión, nuestra responsabilidad es completa. Esto no significa que hayamos provocado conscientemente todo lo que nos sucede ni que sepamos inmediatamente por qué ha aparecido. Significa que nada de lo que experimentamos puede desligarse por completo de nosotros y que la posibilidad de comenzar un proceso de transformación también nace de nuestra propia implicación.


No siempre podremos encontrar una causa sencilla ni una respuesta inmediata. Pero podemos comenzar a observarnos: cómo estamos viviendo, qué hábitos mantenemos, qué señales hemos ignorado, qué tensiones sostenemos y qué aspectos de nuestra vida necesitan ser revisados.


Esta mirada cambia nuestra posición. Dejamos de preguntarnos solamente: «¿Quién puede quitarme esto?» y comenzamos también a preguntarnos: «¿Qué puedo comprender?, ¿qué puedo transformar?, ¿qué parte de mí necesita atención


Implicarnos no significa hacerlo todo solos. Podemos necesitar un tratamiento, orientación o acompañamiento. Pero cualquier ayuda será una herramienta dentro de un proceso que nos pertenece. Nadie puede escuchar nuestro cuerpo por nosotros, cambiar nuestros hábitos, revisar nuestras creencias o relacionarse de otra manera con nuestra vida en nuestro lugar.


Aliviar un síntoma y recuperar el equilibrio no siempre son la misma cosa. Podemos dejar de sentir dolor y, sin embargo, mantener las condiciones que han contribuido a generarlo. Si solo buscamos silenciar aquello que nos incomoda, quizá perdamos la oportunidad de comprender la información que el cuerpo está expresando.


Estar bien es algo más profundo que no sentir dolor. Tiene que ver con desarrollar la capacidad de reconocer cuándo hemos perdido nuestro centro y aprender a regresar a él. Pasar de la actividad al descanso, de la tensión a la relajación, del esfuerzo al soltar, y de la desconexión a la escucha.


La salud, entendida de esta manera, no es algo que simplemente poseemos, perdemos y esperamos que alguien nos devuelva. Es una relación con nosotros mismos que necesitamos aprender a cultivar.


El primer paso puede ser comenzar a preguntarnos con honestidad: ¿qué me está mostrando mi cuerpo?, ¿qué necesita de mí?, ¿qué puedo empezar a cambiar?


Quizá no encontremos las respuestas enseguida. Pero, al formular estas preguntas, dejamos de permanecer al margen y comenzamos a participar conscientemente en nuestro propio proceso.


Porque responsabilizarnos de nuestra salud no significa culparnos por lo que nos sucede. Significa reconocer que nuestra vida nos pertenece y asumir plenamente, que el poder de cambiarla o mejorarla no está fuera de nosotros. Cuando aceptas esto recuperas la responsabilidad y el Poder en tu vida, y a la vez la posibilidad de cambiarla es tuya.

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