Descansar también forma parte de cuidarse

Vivimos en una sociedad que valora mucho la actividad. Hacer cosas. Aprovechar el tiempo. Ser productivos. Mantenernos ocupados. Entrenar. Trabajar. Cumplir objetivos. Llegar a todo.
Incluso cuando hablamos de cuidarnos, muchas veces seguimos pensando en términos de actividad: hacer ejercicio, practicar Qigong, comer mejor, salir a caminar, aprender a respirar, mejorar nuestra postura…
Todo eso puede formar parte del cuidado. Pero hay algo que muchas veces dejamos en segundo plano: descansar también es cuidarse. Y no como un complemento de la actividad.
El descanso es lo que permite que la actividad pueda existir de una manera equilibrada.
No hay verdadera actividad sin descanso
Tendemos a pensar que descansar nos quita tiempo para hacer cosas. Pero en realidad ocurre justamente lo contrario.
La calidad de nuestra actividad depende directamente de nuestra capacidad para descansar. Cuando una persona no descansa suficientemente, puede continuar funcionando durante un tiempo. Puede tirar de voluntad, de estimulantes, de adrenalina o de sus propias reservas de energía. Pero funcionar no significa estar bien.
Podemos seguir trabajando, entrenando, atendiendo obligaciones y haciendo nuestra vida mientras por dentro el cuerpo va acumulando cansancio y tensión. Y llega un momento en que ya no estamos actuando desde la energía que tenemos, sino desde la energía que estamos gastando por encima de nuestras posibilidades.
Ahí aparece el problema. Porque no podemos exigir continuamente sin reponer. No podemos estar permanentemente en actividad sin pasar después por un proceso de recuperación.
Si esto se mantiene durante demasiado tiempo, el organismo acaba perdiendo capacidad para regularse y recuperar su equilibrio. Por eso el descanso no es solamente algo que nos permite rendir mejor. Es una necesidad para mantener la salud.
Vivimos demasiado tiempo en estado de alerta
Cuando no sabemos parar, no solamente estamos cansando los músculos. Todo el organismo continúa funcionando como si tuviera que responder permanentemente a algo: Tenemos que llegar. Tenemos que resolver. Tenemos que responder. Tenemos que hacer. Tenemos que pensar en lo siguiente.
El sistema nervioso permanece continuamente activado y el cuerpo tiene cada vez menos oportunidades de entrar en un verdadero estado de reposo y recuperación.
Podemos sentarnos en el sofá y seguir completamente activados. Podemos tumbarnos en la cama y continuar pensando en lo que tenemos que hacer mañana. Podemos irnos de vacaciones y seguir pendientes del teléfono, del trabajo, de los problemas o de todo aquello que dejamos pendiente.
El cuerpo está quieto. Pero nosotros no hemos parado. Y esa diferencia es fundamental.
Hay que descansar físicamente y mentalmente
Para descansar de verdad necesitamos aprender a hacerlo en los dos planos. Por un lado está el descanso físico, dejar de exigir al cuerpo, permitir que la musculatura suelte, reducir actividad, dormir, tumbarse, sentarse sin tener que mantener continuamente una acción, dejar que el organismo utilice sus recursos para recuperarse.
Pero también existe un descanso mental. Y quizá este sea todavía más difícil para muchas personas.
Podemos no estar haciendo absolutamente nada y tener la cabeza funcionando a toda velocidad: repasando conversaciones, anticipando problemas, organizando el día siguiente, preocupándonos, mirando continuamente información, saltando de una pantalla a otra...
Nuestra mente también necesita momentos en los que no tenga que producir, responder ni resolver.
Aprender a cortar mentalmente es parte del descanso. Y no siempre sabemos hacerlo.
Hacer nada también se aprende

Precisamente una de las cosas que puede enseñarnos un trabajo corporal consciente, como la reeducación postural, es algo que parece muy sencillo pero que a muchas personas les cuesta muchísimo: no hacer nada.
Tumbarse. Soltar. No corregir continuamente el cuerpo. No intentar conseguir un resultado. No forzar una postura. No querer llegar a ningún sitio.
Simplemente permitir que el cuerpo vaya encontrando su propia reorganización y recuperando poco a poco un estado de mayor equilibrio.
Estamos tan acostumbrados a intervenir constantemente que incluso cuando queremos descansar sentimos que tenemos que hacer algo para conseguirlo.
Pero hay momentos en los que cuidarnos significa precisamente lo contrario: Dejar de hacer.
El cansancio no es un obstáculo
Cuando estamos cansados solemos verlo como un problema que nos impide continuar.
Pero el cansancio es también una señal. El cuerpo nos está diciendo: para, necesito recuperar, necesito energía, necesito disminuir la actividad.
Y, sin embargo, muchas veces la respuesta que damos es continuar. Otro café. Un poco más de esfuerzo. Ya descansaré después. Ahora no puedo parar. Tengo demasiadas cosas.
Y así podemos pasar días, meses o incluso años. Hasta que llega un momento en que el aviso deja de ser suave.
Para mí, ahí hay una idea muy sencilla que deberíamos comprender: si tú no paras, llegará un momento en que el cuerpo te parará.
Y cuando es el cuerpo quien tiene que obligarnos a detenernos, normalmente ya no podemos elegir ni cuándo ni cómo hacerlo.
No deberíamos esperar a que el cuerpo llegue al límite
Muchas personas empiezan a descansar solamente cuando ya no pueden más, cuando están completamente agotadas, cuando aparece un dolor importante, cuando no consiguen dormir, cuando la ansiedad es demasiado fuerte, cuando el cuerpo empieza a manifestar un desequilibrio que ya no pueden ignorar.
Pero descansar debería formar parte del cuidado mucho antes. No tendría sentido esperar a estar completamente exhaustos para reconocer que necesitamos parar.
Igual que escuchamos el hambre, la sed o el sueño, también tendríamos que aprender a reconocer cuándo nuestra energía está bajando y cuándo estamos entrando en un estado de sobrecarga.
Esa escucha es preventiva. Nos permite parar cuando todavía podemos hacerlo voluntariamente.
Descansar no es perder el tiempo
Existe todavía una idea muy arraigada de que descansar es improductivo, como si el tiempo que no dedicamos a hacer cosas fuera tiempo perdido.
Pero descanso y actividad no son contrarios. Son dos partes de un mismo ciclo. Sin descanso, la actividad se deteriora, perdemos claridad, perdemos energía, tenemos menos paciencia, nuestro cuerpo se tensa, nuestra respiración cambia, nuestra capacidad de concentración disminuye, vamos funcionando cada vez más desde el esfuerzo. Y terminamos creyendo que vivir cansados forma parte de la vida adulta.
No debería ser así. La actividad necesita del descanso de la misma manera que la inspiración necesita de la espiración. Una no puede mantenerse indefinidamente sin la otra.
Cuidarse también es respetar los propios límites
Hay momentos para moverse, para trabajar, para crear, para entrenar, para esforzarnos...
Pero también tiene que haber momentos para detenernos, para recuperar, para recogernos, para dejar que el sistema nervioso reduzca su actividad, para permitir que el cuerpo vuelva a encontrar su equilibrio.
El descanso no es un premio que tenemos que ganarnos después de haber hecho suficiente. Forma parte de nuestras necesidades básicas.
Y quizá una de las formas más importantes de aprender a cuidarnos sea empezar a escuchar el cansancio cuando aparece, en lugar de esperar a que se convierta en algo mucho más serio.
Porque el cuerpo suele pedirnos primero que paremos. Y si durante demasiado tiempo no queremos escucharlo, acaba encontrando otras maneras de hacerse oír.



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