La postura cuenta nuestra historia

La postura no es solamente la forma en que colocamos el cuerpo, también es el resultado de todo lo que hemos vivido.
Un accidente, un traumatismo o una lesión pueden modificar nuestra manera de movernos. Pero también lo hacen los shocks emocionales, los estados internos mantenidos, los movimientos repetitivos y esa voz interior cruel que nos recuerda constantemente lo mal que hacemos las cosas. El cuerpo responde a todo ello creando tensiones, cerrándose o protegiendo determinadas zonas.
Al principio puede ser una reacción puntual. Sin embargo, cuando se mantiene en el tiempo, acaba convirtiéndose en un patrón. Algunas fascias pierden elasticidad, ciertos músculos trabajan más de lo necesario y otros dejan de participar correctamente. Poco a poco, el cuerpo va creando compensaciones y alejándose de su equilibrio natural.
Esto puede observarse con facilidad cuando una persona está de pie. La cabeza suele adelantarse respecto a los hombros, como si quisiera separarse del resto del cuerpo. Un hombro puede estar más alto que el otro, la pelvis desplazada, las rodillas fuera de su eje y los pies orientados hacia el exterior.
Cuando las distintas partes dejan de relacionarse correctamente, el esfuerzo ya no se distribuye de forma equilibrada. Las rodillas, situadas entre la pelvis y los pies, suelen ser unas de las primeras articulaciones en sufrir las consecuencias. Pero el problema no siempre comienza en ellas. Muchas veces están soportando una desorganización que procede de los pies, de la pelvis o de otras partes del cuerpo.
Por eso, reeducar la postura no consiste en ponerse recto, sacar pecho y llevar los hombros hacia atrás. Esa postura aparentemente correcta suele mantenerse mediante más esfuerzo y termina añadiendo tensión a la tensión que ya existía.
Una alineación natural tampoco es una forma idéntica para todo el mundo. Cada persona tiene su propia estructura, sus proporciones y su historia corporal. No se trata de obligar a todos los cuerpos a encajar en un mismo molde, aunque la base de la alineación sea común.
Los pies deben orientarse completamente hacia delante, con las puntas rectas y no abiertas hacia los lados, como sucede habitualmente. Al principio, una persona acostumbrada a caminar o permanecer de pie con los pies abiertos puede incluso sentir que los está colocando hacia dentro. Sin embargo, esa orientación frontal forma parte de la alineación natural del cuerpo.
A partir de esa base, las rodillas pueden situarse correctamente sobre los pies, la pelvis sobre las piernas y la columna, los hombros y la cabeza recuperar su eje. No se trata de mantener una posición inmóvil o rígida, sino de restablecer una relación equilibrada entre todas las partes.
La reeducación postural, el Qigong y el Tai Chi pueden ayudarnos en este proceso de reestructuración corporal y liberación de tensiones. Cada una de estas herramientas permite abordar el cuerpo desde una perspectiva diferente y con una profundidad que va mucho más allá de colocarse correctamente.
Nuestra postura cuenta nuestra historia, pero esa historia no tiene por qué quedar fijada para siempre. Cuando aprendemos a escuchar el cuerpo y dejamos de imponerle nuevas tensiones, podemos empezar a recuperar una organización más natural, más libre y más acorde con quienes somos.

Muy interesante y necesario para poder cambiar la salud de tu cuerpo