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¿Qué puede enseñarnos la lentitud del Qigong/Chikung?

  • hace 3 días
  • 4 min de lectura


Cuando disminuimos la velocidad, el movimiento deja de ser únicamente algo que hacemos y se convierte en un espacio desde el que podemos sentirnos, observarnos y conocernos.


Vivimos acostumbrados a movernos deprisa. Caminamos, trabajamos y realizamos muchas acciones cotidianas de manera automática, sin apenas percibir cómo participa nuestro cuerpo. Mientras el movimiento cumple su función, pocas veces nos detenemos a observar qué ocurre dentro de nosotros.


La velocidad nos permite hacer muchas cosas, pero también puede ocultarnos mucha información. Cuando nos movemos deprisa resulta más difícil percibir una tensión, una pérdida de equilibrio, una interrupción de la respiración o un esfuerzo innecesario. El cuerpo resuelve el movimiento como puede y nosotros continuamos sin darnos cuenta de cómo lo hemos realizado.


La lentitud del Qigong/Chikung nos propone algo diferente.


Al movernos despacio y con atención, comenzamos a percibir aspectos que normalmente pasan inadvertidos. Podemos descubrir que un hombro se eleva, que una zona permanece rígida, que apoyamos más peso sobre una pierna o que contenemos la respiración cuando aparece una dificultad.


También podemos observar que, para realizar un gesto sencillo, empleamos mucha más fuerza de la necesaria. A veces queremos controlar tanto el movimiento que terminamos bloqueándolo. Otras veces intentamos llegar más lejos de lo que nuestro cuerpo permite en ese momento y perdemos la conexión con lo que estamos sintiendo.


La lentitud hace visible todo esto. No porque sea mejor movernos siempre despacio, sino porque, al reducir la velocidad, creamos las condiciones necesarias para escuchar.


Pero la lentitud del Chikung no está relacionada únicamente con la percepción corporal. Dentro de esta práctica, la circulación energética del cuerpo tiene su propio ritmo: un ritmo pausado, continuo y profundo. Cuando el movimiento acompaña ese ritmo y se une a una respiración lenta y profunda, favorecemos el recorrido de la energía y ayudamos a que esta circule de una manera más armoniosa.


Movimiento, respiración, atención y energía no se trabajan como elementos separados. Se acompañan y se influyen mutuamente. La respiración guía el movimiento, el movimiento favorece la circulación y la atención permite que permanezcamos presentes durante todo el proceso.


La escucha que nace de ahí no consiste únicamente en detectar dolores o limitaciones. También nos permite percibir el apoyo de los pies, el desplazamiento del peso, la continuidad de un movimiento, el espacio que ocupa la respiración o la relación que existe entre las diferentes partes del cuerpo.


Poco a poco dejamos de percibir el cuerpo como un conjunto de piezas separadas. Comenzamos a sentir cómo un cambio en los pies influye en las piernas, cómo la posición de la pelvis afecta a la columna o cómo una tensión en los hombros modifica la respiración. Empezamos a reconocer el cuerpo como una unidad en la que cada parte se relaciona con las demás.


Por eso, el Chikung no consiste simplemente en imitar una serie de movimientos. La forma externa es importante, pero su verdadero valor aparece cuando el movimiento nos ayuda a desarrollar percepción, conciencia y presencia.


Dos personas pueden realizar aparentemente el mismo ejercicio y estar viviendo experiencias completamente distintas. Una puede moverse intentando alcanzar correctamente la posición final, mientras que la otra permanece atenta a todo el recorrido: siente cómo comienza el movimiento, dónde aparece una resistencia, qué zonas colaboran y en qué momento pierde la fluidez.


En este segundo caso, la práctica se convierte en una forma de conocerse.



Lo que aparece durante el movimiento tampoco se limita al cuerpo. Nuestra manera de practicar puede mostrarnos aspectos de nuestra forma de vivir: la impaciencia por terminar, la exigencia de hacerlo bien, la dificultad para soltar el control, la tendencia a forzar o la desconexión de nuestros propios límites.


No necesitamos buscar estas respuestas ni analizarlas constantemente. En muchas ocasiones basta con permanecer presentes y observar con honestidad.


Cuando ponemos conciencia en el cuerpo, también estamos desarrollando la conciencia de nosotros mismos. Al principio podemos percibir una tensión, una respiración bloqueada o una dificultad en el movimiento, pero esa atención va creando una presencia más profunda. Dejamos de funcionar de una forma tan automática y comenzamos a estar verdaderamente dentro de aquello que hacemos y sentimos.


Es ahí donde el trabajo corporal empieza a encontrarse con el trabajo interior. No existe una conciencia del cuerpo completamente separada de nuestra conciencia interna, porque nosotros tampoco estamos divididos. El cuerpo puede convertirse así en una vía de entrada hacia la dimensión espiritual: al habitarlo con mayor presencia, comenzamos también a acercarnos a una parte más profunda de nosotros mismos.


La percepción que desarrolla el Chikung no es un fin en sí misma. Percibir una tensión no hace que desaparezca automáticamente, pero nos permite reconocerla. Sentir que bloqueamos la respiración no transforma de inmediato ese hábito, pero nos ofrece la posibilidad de relacionarnos con él de otra manera.


Antes de cambiar algo necesitamos saber que está ocurriendo.


Con el tiempo, esta capacidad de escucha puede acompañarnos más allá de la práctica. Podemos reconocer antes cuándo estamos acumulando tensión, cuándo hemos perdido nuestro centro o cuándo estamos haciendo un esfuerzo que no necesitamos. La percepción desarrollada durante un movimiento comienza así a formar parte de nuestra vida cotidiana.


El Qigong /Chikung nos da la oportunidad de ser conscientes del ritmo frenético de hoy en día, en el que nosotros estamos viviendo. Nos ayuda a salir de ese estrés y a recuperar un ritmo más natural de vida, favoreciendo la Presencia y la Conciencia.


Porque cuando aprendemos a movernos sintiendo, el cuerpo deja de ser un instrumento que simplemente utilizamos. Se convierte en un espacio de escucha, conciencia y transformación; en una puerta a través de la cual podemos comenzar a conocernos más profundamente.

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